Han caído en la trampa

Mis 44 años –unos 37 siguiendo muy de cerca la política- me reportan un cierto bagaje a la hora de analizar la cosa pública. Fui nacionalista vasco moderado por tradición de mis mayores y dejé de serlo cuando comencé a cuestionar lo que veía a mi alrededor en Euskadi al inicio de mi veintena.

Aún hoy en día me encuentro con gente que se sorprende por el hecho de que mantenga fraternales relaciones con familiares o amigos de toda condición ideológica posible. El paso de los calendarios me ha hecho, sobre todo en los últimos tiempos, un agnóstico practicante de todo lo que huela a política, sin apenas reparar en colores o siglas. Tengo –cómo no- una particular cosmovisión y me agradan unos postulados más que otros, si bien no todos, ni siquiera la mayoría proceden de un partido en particular. Con el transcurso de los acontecimientos y la llegada de la edad madura he pasado de mirar el menú a la carta y, aun así, solo en el sentido teórico puesto que cuando nos llaman a comer me quedo en mi casa con mi familia.

Cuando los más agoreros pontificaban desde las tribunas de la prensa que los nacionalistas vascos iban a quebrar el país con sus posturas maximalistas, llegaron los catalanes –ay, la burguesía tranquila de Pedralbes- y adelantaron fulminantemente a los del norte por la derecha. “No se ateverán”, aseveraron los más. Y así fue pasando el tiempo mientras los opinadores fallaban cada tiro y los mandamases de la barretina abrían gas en cada curva.

Entre tanto hemos tenido desde tripartitos, pasando por nueve enes, ciclópeas manifas cuatribarradas y por el camino, convocatorias al Parlament casi cada martes que cayera en 13. La defensa de los que como yo se sienten cómodos en España solía pasar por argumentar que más allá de filias y fobias debía imponerse el respeto por la legalidad vigente. Y entonces, y aún hoy, la ley no recoge posibilidad alguna de desgajar el país sin atender al derecho imperante guste más o nada.

Soy de los que piensa, solo faltaba, que cualquier cambio de la letra que rige solamente puede darse de la forma que marcan las últimas reglas del juego que aprobaron nuestros mayores a finales de los 70. Aquellos movimientos, sedicentes o no, que impliquen un nuevo formato tienen que llevarse a término con la ley en la mano. Con esta Carta Magna u otra -si se decidiera someter a votación una nueva, pero mientras no tengamos otra-, reivindico la vigencia de la que mal que bien nos obliga hoy.

Me siento capaz de ver una Cataluña o una Euskadi independientes a corto o medio plazo si cambiara la norma. No me supondría ninguna úlcera ni caería en una profunda depresión si España se rompiera. Considero que debería dejar a mis hijos un mundo mejor que el me encontré cuando me nacieron y la unidad de España –español como soy- no me parece que esté en el top 20 de las prioridades de mi legado. Dicho esto, entiendo que haya a quienes les preocupe sobremanera el asunto y como no es algo que me parezca baladí, en las próximas líneas trataré de ponerme solo en su lugar dejándome a mí de lado por un momento.

No entiendo qué están haciendo quienes blanden la tizona de la unidad de España como algo tan prioritario como para hacer de ello el único asunto de debate durante las últimas fechas. Me explico. Los medios nacionales y los políticos constitucionalistas están, en su gran mayoría, entregándose a los nacionalistas catalanes sin quizá caer en la cuenta. Se ha pasado de un debate público sobre si una hipotética declaración de independencia sería o no legal a una situación en la que parece haberse superado esa discusión para analizar si sería o no bueno para Cataluña y/o para España.

Desde el verano a esta parte los medios y políticos que dicen creer en la Constitución como único elemento válido para que España no se trocee, hablan y escriben acerca de lo pernicioso que sería para Cataluña verse fuera de Europa, lo empobrecida que quedaría la futurible nación escindida al quedarse sin moneda propia, del corralito al que se verían abocados, de lo mal que lo pasarían el Barcelona y el Espanyol jugando una liga con el Girona, el Sant Andreu y la Mollerussa… Hablan, y no paran, de cómo Gasol se siente catalán y español, como si eso fuera un argumento que apelara al respeto debido a la legalidad. Los políticos y los medios han abandonado el debate del imperio de la ley para pasar a tratar de tocar el bolsillo, el corazón y hasta el entretenimiento de quienes muy probablemente voten el próximo domingo en su mayoría a opciones que respaldan una Cataluña independiente.

Dicho de otra manera. Si yo viviese en un magnífico piso de 300 metros cuadrados alquilado junto a otras cuatro personas y me quisiese marchar a la brava y sin atender a las condiciones del contrato firmado entre los cinco, me parecería una locura que quien quisiera detenerme en mi huida a un minúsculo apartamento para mí solo, me persiguiera a cada rato con el fin de describirme las humedades de mi nuevo emplazamiento, el hecho de que el nuevo inmueble fuera interior o que mis gastos serían superiores con el cambio. Quien quisiera que yo no me marchara a la francesa del estupendo y soleado piso compartido tendría que hacerme ver que mi obligación es la de respetar la vigencia de mi firma en un contrato de alquiler. Tendría que mostrarse inflexible ante mis intenciones de saltarme la legalidad, me guste esta o no. Porque si con el hipotético traslado yo pasara de guisar en cocina de inducción a tener que hacerlo en un hornillo de mediados de los 50, sería solamente mi problema y el de nadie más. Porque si no se llama a lo que únicamente puede y debe frenarme en mis ansias por emanciparme, todo lo demás sería querer elegir mi supuesto bienestar por mí. Y ahí, no tiene nadie nada que decir porque ya sabré yo o no, lo que más me conviene disfrutar o padecer.

En esas parecen estar ahora la mayoría de los temerosos del sí a la independencia, en asustar a los ciudadanos que se sienten soberanistas con el tamaño, las humedades y la falta de ventilación de su Cataluña lliure. No con el contrato que no les queda más remedio que tener que cumplir caiga quien cayere. Vaya tropa.

Se fue Krahe para quedarse

Sería a mediados del primer lustro de los 90 cuando, como por aquel entonces tenía por costumbre la Universidad del País Vasco en su campus de Lejona/Leioa, me repartieron un pasquín de su oferta cultural que me hizo esbozar una sonrisa de lado a lado: Javier Krahe iba a actuar en el salón de actos.

Cada uno descubre a sus referentes por razones diversas y casi siempre resultantes de procedencias de lo más peregrinas. A Krahe lo descubrí a través del humilde rasgar de una guitarra española de mi amigo Mariano. Lo curioso -y ya caemos con la inevitable, o no, referencia- es que ‘El Lenin de Vicálvaro’ canturreaba una tonada de Sabina, Joaquín.

“Mil años tardó en morirse, pero por fin la palmó…”. Yo me encontraba sentado en ese lugar en el que uno solo puede estar cumpliendo si sentado, y di un brinco tras los primeros versos. Me aseé y corrí donde el improvisado cantante y Robert, nuestro amigo y anfitrión. “Se llama ‘Adivina, adivinanza’ y es del Sabina”, me dijo Mariano. “Sale en el casete de ‘La Mandrágora’ de Sabina y Krahe”. De Alberto Pérez no dijo nada, nunca sabré si por descuido, por desconocimiento o por bolerista. Enorme bolerista.

Hacía unos cuatro años que me había comprado la cinta de ‘Hotel, dulce hotel’ de Sabina y me gustaba tanto como el desencanto que me produjo su siguiente álbum por entonces. Pero, ¿Krahe? ¿Quién cojones era tan grande como para apellidarse Krahe?

Corrí al ordenador, lo encendí, esperé a que el lento Windows 3.1 comenzara a dar señales de vida, fui a echar un ojo a la Wikipedia y ¡mierda! no existía aún Internet fuera del ámbito militar norteamericano… Corría el año 90, quizá el 91. Era verano.

De vuelta a Bilbao, y con aquello que me sobrara del fin de semana ovetense, acudí a una de esas extintas tiendas de música con álbumes a ‘precio redondo’. Allí, en una de sus estanterías me esperaba ‘La Mandrágora’ de Krahe, Sabina y Pérez. Fueron 695 las pesetas que le dejé al dependiente, y sin haber salido de allí, ya sonaba ‘Marieta’ en mi Walkman.

Tener 20 años hace que se te pase por la cabeza que pueden venir a actuar a tu ciudad los Violent Femmes, Prince o Lou Reed, pero que ni se te ocurra que alguien tenga interés en contratar a quien era mediáticamente tan minoritario como Javier Krahe. Uno de tantos errores. Por eso cuando vi que la UPV lo programaba en uno de aquellos miércoles culturales, me asombré y felicité a partes iguales.

Desde aquella primera vez y hasta hará uno seis años, habré acudido a la llamada de sus recitales en una quincena de ocasiones. Fui muy pesado con amigos y conocidos porque los arrastraba conmigo queriendo compartir un tesoro tan grande como poco renombrado. Me consta, empero, que casi todos lo agradecieron.

Krahe era tímido, bebedor, culto, canutero, pertinaz, huidizo, obsesivo, métrico y muy divertido. Tuve la ocasión de departir con él en las traseras de los escenarios mientras él fumaba y ofrecía de su grifa que nunca probé. Sí me bebí un gin tonic que le preparon y rechazó “porque yo he pedido ginebra, igual a ti si te hacen gracia estas mezclas”.

“Javier, -comencé a tirarme al barro en una ocasión- hace tiempo que no sé nada de tu hermano Jorge. ¿Ya no compone?”. Consumió un tanto de lo que estuviera fumando y sin perder la compostura ni mostrar emoción alguna, contestó: “No me extraña, se mató en un accidente de moto de lo más tonto en la calle Ríos Rosas hace unos años”.

Tocotó.

Le encantaban las camisas, y le quedaban muy bien. Abiertas por el pecho, remangadas a medio brazo pero siempre camisas fetén. Su obra, de la que ya se ha hablado y escrito mucho, lejos de ser irregular, es razonablemente variada y crece desde la fijación de alguien que a los 35 años se lanza al ruedo Brassens en ristre, hasta la métrica, la poética, la burla y la percusión en la muerte de un egoísta que por dinero compartió su disfrute con quienes le quisimos seguir la pista de la mano de su cómplice Javier López de Guereña a la guitarra.

Se ha ido un vago, un genio, un jeta, un tipo muy culto, un hombre que dudaba muy a su pesar, un geómetra, un niño. Ya no habrá más krahes, con él nació y murió una especie exigua pero que deja un legado audiovisual para los que se suban al carro.

 

“Cuando todo lo da lo mismo, por qué no hacer alpinismo…” (‘La Yeti’ -Sacrificio de Dama, 1993).

 

Nunca más será niña

Atajados los movimientos del presunto pederasta de Ciudad Lineal, respiran los padres, corretean los críos y se vuelca la prensa. Se vuelca o se revuelca, que de todo hay en nuestro oficio por desgracia.

Según me he ido haciendo mayor, me ha ido importando cada vez menos la cuantía de la condena de los delincuentes. Es como si me bastase con saber que la calle la van a ver a través de las rejas de la ventana del chiscón que les asignen durante una marea de días. Me inquieta, sin embargo, el día a día de la víctima. Su dolor diario, no su victimismo ni su posible altavoz más o menos mediático. Y en estas que caigo en una de las niñas a las que destartaló el hijoputa huido a Santander.

La semana pasada me contaba una compañera de la radio, escoba en mano, que la familia de la chinita de cinco años había cerrado su comercio de variedades y a China que se fue. Pero claro, la información hoy se estira o se encoge en función de la fuente en la que beba uno. Porque las fuentes las emponzoñamos con los añadidos con los que adornamos a los rumores que circulan por doquier y así las organizamos de todos los colores. Menos mal que tengo en casa a una periodista que se lee hasta las notas a pie de página y me reconduce cuando patino. La pequeña de cinco años, la chinita, continúa con la parentela en su barrio de Madrid. Dicen, y así debe ser, que el malnacido culturista la destrozó literalmente sus adentros femeninos, que la chiquita sufrió tantísimo que no ha vuelto a hablar desde el día de autos.

Me quedo mudo cuando me lo cuenta Carmen y pienso en mis hijos, que son niña y niño y lo que les queda aún por crecer, y no puedo quitarme la imagen de esos padres que tienen frente a sí a un pequeñaja que nunca más será una niña a sus cinco añitos. Mas seguiremos haciendo vida normal en un país garantista como pocos. Así lo hemos querido, y la mirada hacia quien es capaz de robarle la vida a esa princesa de rostro amarillo se irá normalizando por el truculento bien social y común de una reinserción que se sabe imposible.

El último penalti de Botín

Si se pusieran en fila india las palabras que en las últimas horas se han vertido en los medios e internet acerca de Emilio Botín, a buen seguro se podría atravesar España de norte a sur pisando sobre ellas sin necesidad de ir dando saltos como hiciera Dorothy con sus baldosas amarillas. Mucha alabanza, sincera o cautiva, y trastazos con la mano abierta también. Emilio Botín manejaba las riendas económicas, financieras, políticas y hasta comunicativas de una gran parte de este país. Su influencia exterior, que eran tan real como creciente, se me escapa un poco más, si bien Davos y Bilderberg eran terrenos que transitaba sin cicerone.

Botín entregó la cuchara frisando los 80 tras muchos años centrado en su trabajo. Enfocado en colocar en el medallero universal a la entidad financiera cántabra que sus ancestros crearon en la verde Cantabria hace más de 150 años. Gustaba de jugar al golf en la Pedreña de un Seve al que no veía como yerno pese al amor de su hija por el joven genio. Le gustaba el deporte. Disfrutaba patrocinando a la Ferrari de Fernando Alonso como se encargaba de demostrar cada vez que con su encarnada chaqueta visitaba el paddock de turno. Le supongo del Racing, no lo sé. Pero sí he conocido que el fútbol le seguía privando a estas alturas. El fútbol. Jugar al fútbol. Ni en la Xbox ni en la PS4. Le encantaba practicar el balompié en el verde, con sus botas calzadas, con los borceguíes, con los botines. Los botines de Botín.

Quizá cueste digerir que hay historias de ricos tan mundanas que dan que pensar a los que temblamos a fin de mes. Historias de ricos, mundanas y futboleras. En este caso, la vaina, la batalla del adinerado jugando a ser uno más, tiene su aquel. Y me explico. Cuento lo que sé y no añado ni una coma. Emilio Botín Sanz de Sautuola García de los Ríos vestía zamarra de lycra y pantalón corto el sábado pasado. El 6 de septiembre correteaba por un campo de fútbol como, al parecer, no era infrecuente. A sus 79 años largos sudaba como cuando tú y yo decidimos vencer a la pereza y nos ponemos a hacer ejercicio. El deporte no te pide el DNI para dejarte entrar; uno se viste la equipación y se lanza a la faena. Como hizo Botín. Desconozco si el calor soportado durante el choque pudo afectarle o no. Si el cuerpo de don Emilio trabajó más de lo aconsejado o si acaso forzó en un sprint para disputar un balón dividido con el portero. No lo sé. Lo cierto y verdad es que cuatro días después de practicar el juego de balón y a sus casi 80, falleció.

Sí he sido, sin embargo, conocedor de que en ese último partido sabatino, Emilio Botín no consiguió rematar la faena. El todopoderoso banquero santanderino lo vio claro. Recogió el esférico después de que a su equipo le fuera pitada una pena máxima a favor y se fue a los once metros feliz como un niño con una bolsa de chuches. Pero al calculador don Emilio le falló su previsión final. El balón que impulsó con la mejor de sus intenciones no llegó a cruzar la línea de meta. No hubo gol sino más bien decepción en el último penalti de Botín.

Él sonríe aunque dejará de ver

Se llama Louis Corbett, es neozelandés y tiene doce años. Es feliz, sonríe a cada rato a pesar de que desde hace un año sabe que a su espada de Damocles se le están quebrando la mayor parte de las fibras de la cuerda que la sostiene.

Louis recibió en forma de envenenada herencia familiar una retinitis pigmentosa que más pronto que tarde le provocará la ceguera. Pero él sonríe, y a cualquier hora del día. El pequeño de los Corbett, el hijo menor de Tim y Catherine, es un chico listo, despierto y guapo al que todos quieren por cómo es. No hay lugar para la lástima en este camino que recorren junto a él que quienes le disfrutan en las antípodas. Cuando hace unos meses supieron que la pérdida de visión se estaba acercando a pasos agigantados, los padres de Louis le quisieron hacer un regalo al chaval. Le preguntaron qué era aquello que deseaba ver lo que más antes del dramático desenlace y Louis hizo su propia lista de deseos: visitar el Gran Cañón, las Cataratas del Niágara, el Empire State Building, la sede central de Google en California y ver jugar a sus amados Boston Celtics en la capital del estado de Massachusetts. Y es que resulta que para este pre-adolescente de Nueva Zelanda, la pasión no se la provocan los archifamosos All Blacks de rugby sino la franquicia más laureada del baloncesto profesional norteamericano. Casi se podría aseverar que no hay otra cosa que le llame más la atención que la escuadra de los orgullosos verdes.

Louis en la cabina del avión que le llevó a los EE.UU.

Louis en la cabina del avión que le llevó a los EE.UU.

Esta pasada madrugada, el TD Banknorth Garden se ponía en pie para aplaudir a Louis quien tímidamente desde el centro de la cancha saludaba visiblemente ruborizado gracias a la humanidad y la gentileza de los dirigentes de los Celtics, que han pensado que esa podría ser una imagen que ni siquiera la maldita genética del chico podría borrar de su mente para el resto de sus días. Una silla de pista junto al banquillo local ha puesto la guinda.

Los Celtics dan la bienvenida a Louis desde el Jumbotron antes de comenzar el choque.

Los Celtics dan la bienvenida a Louis desde el Jumbotron antes de comenzar el choque.

Louis ha regalado sonrisas por doquier y ha tenido la fortuna de ver in situ a uno de sus dos ídolos, el base local Rajon Rondo. El otro, el mítico Larry Bird, hace casi 22 años que se retiró y ahora tiene el despacho en el estado de Indiana. Pese a que los suyos han perdido claramente ante unos, hoy por hoy, mejores Golden State Warriors, el resultado era hoy lo de menos. Louis, su hermano mayor Jerome y Tim, su padre, no habían volado 16.000 kilómetros para levantar un trofeo. Estaban en la otra punta del mundo para cumplir el sueño de alguien que dentro de poco -aunque a oscuras- verá tantas veces como desee y con total nitidez cómo jugaban los Boston Celtics. El equipo del simpático Louis.

Louis Corbett saluda a su ídolo, Rajon Rondo, en el vestuario de los Celtics.

Louis Corbett saluda a su ídolo, Rajon Rondo, en el vestuario de los Celtics.

¿Golpe de suerte?

Dicen que Picasso -enorme artista y ser humano manifiestamente mejorable- solía afirmar que la inspiración siempre le cogía trabajando en su estudio. Cuando Larry Bird -listo como el hambre y más áspero que la lija del ocho- conseguía una de sus imposibles canastas, y había quien decía que había sido fruto de la fortuna, el rubio de Indiana replicaba que cuanto más entrenaba, más caía el acierto de su lado… sorprendentemente. La genialidad indefectiblemente ligada al esfuerzo. Una combinación imbatible.

En nuestros días de no salir tanto del barrio, en este feroz momento de proyectos arrumbados al barbecho y bolsillos disecados, no es infrecuente sentir el pálpito de salir adelante cambiando la mirada al provenir. Reinventarse. Como si darle la vuelta al calcetín fuera un ejercicio que encontrara solución rebuscando entre nuestros limitados dones. Y aun así, perseveramos.

¿Qué puedo hacer que me saque de tanto sinsabor? ¿Cómo hago para aspirar a no mirar con angustia el saldo de la cuenta corriente a mediados de mes? Comentaba hace unos días una veterana psiquiatra que hasta no hace tanto, los cambios sociales ocurrían cada diez años y que hoy en día, estos nos sobrevienen cada 20 meses. Sorprendente y desconcertante.

Digamos globalización, internet, nuevas tecnologías, ruptura de moldes, mayor cuestionamiento o el sursum corda, pero echamos la vista un lustro atrás y descubrimos que hace muy poco es hace tanto ya… Y por si fuera poco y con la economía echa unos zorros, en el momento en el que prosperar recae cada vez más en exclusiva de quienes tienen la preparación más intensiva y acorde con lo necesario para despuntar, nosotros queremos reinventarnos.

Lo he estado masticando y creo no equivocarme si digo que pretendemos una suerte de pelotazo de los 80 pero sin la cobertura del traje de seda y la gomina de infausto recuerdo. No ya en cuanto a lograr grandes cantidades, sino en lo que se refiere a reunir unas hasta ahora desconocidas habilidades para ponernos los primeros en la fila porque los demás -pobrecicos- están en Babia. Sería injusto no señalar que tampoco pretendemos pisar a la clase media sin rubor como hacían los del permitido pelotazo. Sí buscamos, empero, romper las barreras, saltar del pelotón de los narcotizados y hacer nuestro el adagio de que “quien pega primero, pega dos veces”.

Ya sabemos que para los parados buscar un trabajo exige la dedicación de un trabajo en sí. Y me refiero a tratar de encontrar un sustento con los recursos y experiencia que llevamos en la mochila. ¿Cómo haremos entonces para sacar un conejo blanco de una chistera que nadie parece tener salvo -ojalá- nosotros por tener esta cara tan bonita?

“Estamos preparando una web que lo va a romper”, “Voy a poner unos ahorros en una app revolucionaria”, “Tengo en la cabeza una red social transversal… “, “Nadie ha hecho nada como esto hasta hoy”… ¡Se escucha tanto por ahí! ¿Y qué sabes de tecnología? ¿Y de mercados? ¿Y de servicio al cliente? ¿Y de bases de datos? ¿Y de algo que no sea traducir del inglés y el francés que es lo que llevas haciendo 20 años? ¿Y…?

Claro que creo en la capacidad de cambiar la proa del barco de algunos marinos, pero ni todos somos marinos ni tenemos un barco siquiera de alquiler. Si realmente necesitamos mejorar, sea. Pero como Picasso o Bird, con muchísimo trabajo detrás y dentro del marco de las habilidades que hayamos acreditado poseer. Apostar todo a un golpe de suerte o una idea feliz se me antoja un billete al patíbulo. O quizá no, porque, la verdad, esto está escrito a vuela pluma y como visionario tampoco valgo un real.

Monje y de Lucía

No recuerdo si estábamos en Espinosa de los Monteros o en Trespaderne, el caso es que mis amigos y yo habíamos sacado una cervezas en una terraza de un bar de carretera para mitigar el insoportable calor que hacía aquel mediodía del 3 de julio de 1992. La noche anterior habíamos estado enredando entre garitos y billares de pueblo y hasta las mil, desconectados del mundo real. Una de las ventajas de contar con 21 años, quizá una de las más valiosas, es que las resacas eran de este mundo: livianas, canallas pero fugaces. Un viejo televisor de aquellos de tubo, con más culo que Aretha, nos situaba. Eran las tres de la tarde, sonaba la sintonía del Telediario, y nuestras conversaciones continuaban girando acerca de las chiquilladas de la víspera.

“Buenas tardes, ha muerto Camarón de la Isla”, dijo el baranda de la tele. Y el abundante sudor que me estaba provocando la canícula burgalesa, se me heló. 

 

– “¿¿¿Queeeeeeé??? ¡¡¡No me jodas!!!”, me salió de dentro.

– “¿Qué pasa, Larry?”, se interesó alguno de mis amigos.

– ¡Joder! ¡Que se ha muerto Camarón!

– “Ni que fuerais amigos…”, escupió otro de los presentes torpemente.

 

Y era cierto, no le faltaba su cuota de razón. Camarón y yo ni éramos amigos ni siquiera habíamos estado juntos en el mismo recinto en ocasión alguna. Pero en cuanto escuché el titular de apertura de aquel noticiero, sentí algo que no he vuelto a experimentar salvo en un puñado de ocasiones: un intenso e inmediato dolor. Agudo y sordo. Seco y punzante. Propio.

Mis amigos siguieron con la riada de cervezas, yo me quedé transpirando en una roja silla de Coca-Cola, caliente como la puta de su madre.

Hoy, media vida después, me he despertado muy tarde. Mi nocherniega vida no me permite estar vivo al mismo tiempo que el resto. Carmen se me ha sentado en la orilla de la cama y me ha comunicado el deceso de Paco de Lucía. “Vaya”, ha sido lo único que me salido de la boca.

¿Vaya? ¿Pero qué cojones? Con lo que me gusta a mí el hijo de Lúcia Gomes, la portuguesa que le trajo al mundo en el Campo de Gibraltar… Pues sí, un lacónico “vaya”. Se me ha puesto la cabeza a 78 revoluciones por minuto, como los antiguos discos de piedra pizarra. Y no me ha dolido ni un cuarto de lo que sufrí con lo de Monje en aquella terraza pero me ha turbado durante el resto del día. Yo soy de Camarón y soy de Paco, pero el verdadero daño es como el del primer amor, y ese ya me lo causó el cantaor en 1992.

En mi casa no se escuchaba flamenco pero siempre hubo un importante lugar para la buena música. De Camarón no, pero de Paco había cosas entre la baldas de mi padre. Y quizá por eso, por mi interés por conocer o vete saber por qué, la cuestión es que siempre he tenido discos de flamenco a mano. Los he ido comprando con el paso de los años o me los han regalado, y ahí están, esperando a que me vea con humor para darles una vueltas.

Txema, el padre de mi amigo Javi Cuevas, trabajaba para la extinta Cadena Trueba en los bilbainos años 70. Un día trajeron a un guitarrista a la menuda discoteca ‘Flash’ sita en la entonces Calle de Banderas de Vizcaya. El músico -era domingo- se encontró frente a un nutrido grupo de parejas pasando la tarde entre mirindas, cacahuetes y besos a media luz. Durante la primera pieza del artista, las parejas se regalaban los oídos y brindaban efusivamente su amor o su reciente encuentro. Terminada la tonada, y en medio del jolgorio hormonal, enfundó su guitarra y dirigiéndose al anestesiado público, les dijo: “Veo que no tienen ustedes ningún interés en mi trabajo. Buenas tardes”.

Y Paco de Lucía se encaminó hacia las empinadas escaleras que le habrían de sacar de allí. Un solo tema después, decidió que de su trabajo no se iban a reír ni en Bilbao.

De eso me he acordado hace un rato.

Descansa, Paco. Tampoco nosotros tenemos ningún interés en buscar a otro que se te parezca, no lo habrá.